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domingo, 17 de enero de 2016

Comprendiendo el comportamiento reactivo (M. Brown)


En primer lugar, cuando sucede algo que no es de nuestro agrado o que da la impresión de que insulta nuestra sensibilidad, nos disgustamos automáticamente. En esta situación, habremos reaccionado. 

Una reacción es cualquier comportamiento físico, mental o emocional que confirma que atribuimos automáticamente la causa, y por tanto la responsabilidad de nuestro disgusto, a factores externos. Y esto se hace más evidente por el hecho de que el comportamiento reactivo, de un modo u otro, directa o indirectamente, recurre a la culpabilización. Y el resultado de la culpabilización, tanto si se admite como si no, es la propia culpabilidad, el remordimiento y la vergüenza. Todos hemos pasado una u otra vez por la experiencia de enfadarnos, culpar a los demás y, luego, cuando hemos recuperado la calma, sentirnos avergonzados por lo que hemos hecho. Todo esto no es más que un derroche de energía, y se puede evitar. 

Por tanto, la trinidad de la estructura del comportamiento reactivo es: 

Disgustarse - culpabilizar / sentirse culpable - sentir remordimiento o vergüenza.

Veamos en detalle: 

1. «disgustarse» o «enfadarse».

Es evidente que el acontecimiento que nos disgusta se ha repetido una y otra vez en nuestra vida porque estamos re-actuando, reaccionando. Examine la palabra reacción de forma visual. Una re-acción es, por definición visual, la repetición de una acción concreta; es una acción repetida. La estructura de esta palabra nos dice que el acontecimiento que nos confronta no ha llevado a ningún comportamiento nuevo por nuestra parte. Ha evocado un patrón de comportamiento habitual y predecible, que sigue emergiendo una y otra vez en cada ocasión en que tiene lugar una situación desencadenante similar en nuestra experiencia.

La primera fase en la trinidad del comportamiento reactivo es, así pues, comportarnos como si estuviésemos disgustados. Esto supone la representación automática de un drama físico, mental o emocional calculado, habitual y, por tanto, predecible. Este drama en particular quedó impreso en nuestro cuerpo emocional durante la infancia, cuando presenciábamos de qué modo respondían nuestros padres ante un acontecimiento similar.


2. culpabilizar

La culpa es una de esas circunstancias singulares en las cuales no sólo utilizamos el drama para obtener atención (normalmente, simpatía), sino también para apartar la atención de nosotros y situarla sobre otra persona o cosa.

En la vida echamos la culpa a los demás en la medida en que no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de la calidad de nuestras experiencias. 

En otras palabras, culpabilizar es el acto de acusar al espejo del reflejo que nos ofrece.

Pero la culpabilización tiene consecuencias. Cuando echamos la culpa a los demás, nos desautorizamos automáticamente a nosotros mismos, porque estamos declarando inconscientemente que preferimos percibirnos como víctimas y, por tanto, como presas indefensas de los demás.

3. el remordimiento y la vergüenza. 

Conscientemente, quizás nos sintamos culpables, pesarosos y avergonzados por nuestro comportamiento reactivo ante el disgusto, pero también nos sentimos culpables, pesarosos y avergonzados inconscientemente, cuando culpamos a otro por la calidad de nuestra experiencia, porque, al hacer esto, nos estamos traicionando a nosotros mismos, nos desautorizamos y nos declaramos “esclavos” de unas circunstancias que están, aparentemente, más allá de nuestro control. Y con ello negamos la existencia de la ley de causa y efecto, e ignoramos todo lo que nos hace iguales y libres. 

Obviamente, nuestro patrón de comportamiento reactivo no nos hace ningún bien. Pero, dado que lo aprendimos por impresión emocional, también se puede desaprender con la misma facilidad. 


Intentemos trazar conscientemente un nuevo rumbo para nuestro comportamiento, teniendo en cuenta que nuestro inconsciente, nos está poniendo en escena una representación, para que podamos ver en el exterior, lo que hay oculto en nuestro interior (reflejo/proyección). 

Cada vez que te sientas emocionalmente perturbado/a, puedes aplicar estos sencillos pasos para una limpieza emocional:

1º- despedir al mensajero. 

El primer paso es reconocer que la persona o el acontecimiento que nos pone a prueba no tiene nada que ver con lo que está ocurriendo en realidad: es simplemente, «el mensajero». El mensajero está reflejando un recuerdo que está saliendo a la superficie desde nuestro pasado no integrado. Es absurdo «disparar al mensajero». Así pues, el primer paso consiste en despedir al mensajero. Interiormente, podemos agradecerle el gran servicio que nos ha hecho y dejarle seguir su camino. Es decir, en vez de reaccionar contra el mensajero y desahogarnos con él, podemos decir: «Necesito estar un rato a solas ahora». 

Al principio, el dar este paso (el paso de dejar a un lado elegantemente el impulso de reaccionar) puede requerir coraje y un gran autocontrol, porque exige que rompamos un hábito de toda la vida que nos lleva a introducirnos de repente en nuestro drama. 

2º- captar el mensaje. 

El segundo paso consiste en no recurrir automáticamente a nuestro predecible y, sin embargo inconsciente drama físico, mental o emocional para, en su lugar, captar el mensaje. Para ello, volvemos la atención hacia nuestro interior, describiéndonos a nosotros mismos la naturaleza de la reacción emocional que experimentamos, ponemos en palabra lo que sentimos, nos decimos en voz alta: «Estoy enfadado. Estoy triste. Me siento herido. Me siento solo. Me siento»... Seguimos buscando de este modo hasta que encontramos la palabra que resuena físicamente con nuestra reacción emocional. Si estamos enfadados, quizás sintamos que la sangre inunda nuestro rostro, o quizás sintamos un hormigueo en las manos, o puede que un movimiento hacia abajo en el plexo solar. 


3º- sentirlo.

En lugar de exteriorizar lo que nos está ocurriendo mediante la culpabilización de los demás, tenemos que interiorizar conscientemente la experiencia. Tenemos que sentirla, en vez de proyectar nuestras emociones hacia el mundo, como solemos hacer, podemos optamos ahora por interiorizar la experiencia y, de este modo, contenerla. 

Esto no debe confundirse con el hecho de reprimir nuestras experiencias. La decisión consciente de interiorizar la prueba para que podamos aprender de ella no es represión: es descubrimiento. Se le llama también contención.

La represión es el acto de pretender que no ha ocurrido. La decisión que tomamos ahora de estar presentes con lo que sea que nos perturbe nos permite darnos cuenta de que podemos sentir físicamente, dentro de nuestro cuerpo, lo que en un principio pensábamos que estaba ocurriendo «ahí fuera». Así, sea cual sea la emoción a la que hemos puesto nombre, tendremos que sentirla sin ningún tipo de censura, ni juicio. 

En esencia, lo que el mensajero ha hecho (o ha estado intentando hacer, en función de cuántas veces nos haya perturbado el mismo acontecimiento) es llamar nuestra atención sobre el hecho de que tenemos un bloqueo emocional interno que nos resistimos a atravesar.  

4º- dejar pasar.

Una vez lleguemos a sentir este bloqueo emocional como una sensación física dentro de nuestro cuerpo, estaremos preparados para transmutarlo, retirándolo fuera del cuerpo con el poder de nuestra compasiva presencia, la compasión significa que «tú puedes venir hasta mí y yo te dejaré pasar sin interferencias» ni juicios.

Activar la compasión cuando nos encontramos en mitad de una reacción emocional implica que tenemos que introducir a nuestro yo infantil. Para ello es importante que nos recordemos que la reacción emocional que el mensajero desencadenó dentro de nosotros no tiene nada que ver con nuestra vida adulta actual. Es un llanto de nuestro yo infantil. Es un eco del pasado, que está llamando nuestra atención porque sólo nuestra atención puede restablecer el equilibrio real en la calidad de todas nuestras experiencias. Y optamos por responder (y no reaccionar) a lo que estamos experimentando emocionalmente, de ahí que cerremos los ojos y nos imaginemos a nuestro yo infantil sintiendo exactamente lo mismo que sentimos nosotros. Abrazando simbólicamente a nuestro yo infantil, activaremos automáticamente la compasión. Le decimos: «Puedes venir a mí, y yo te amaré incondicionalmente hasta que pase lo que te asusta, lo que te enfurece o lo que te pone triste». 


Si somos sinceros en la interacción con nuestro yo infantil, de nuestro pecho brotará automáticamente la emoción que durante tanto tiempo nos hemos resistido a sentir. Esta emoción reprimida saldrá a la superficie en forma de ondas y se disolverá en lágrimas. Sentiremos que la energía asciende desde el plexo solar, atravesando el pecho y la garganta, hasta salir finalmente fuera de nuestro cuerpo. A menudo, tendremos incluso la sensación de que nuestro cuerpo se desprende literalmente de calor. Lo que sea que sintamos, lo permitimos, acompañando al cuerpo en esa liberación.

Cuando remita esta experiencia de liberación, tendremos una profunda sensación de alivio y de paz. La constancia en la realización del proceso de limpieza emocional nos permitirá descubrir que el mensajero que disparaba una y otra vez nuestras perturbaciones emocionales ya no vuelve a aparecer. ¿Para qué iba a aparecer de nuevo, si hemos recibido conscientemente el mensaje?



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