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martes, 29 de diciembre de 2015

El sendero de la conciencia- El ciclo de los 7 años (M.Brown)


El sendero de la conciencia es muy fácil de identificar cuando se observa el desarrollo normal de un niño recién nacido. Aunque nuestros cuerpos emocional, mental y físico son ya evidentes y se desarrollan simultáneamente junto con cada uno de los demás desde el momento del nacimiento, existe un sendero específico que utiliza nuestra conciencia individual para moverse conscientemente dentro de ellos. En primer lugar, el niño llora (emocional); luego, aprende a hablar (mental), y sólo entonces aprende a caminar (físico). Así pues, el sendero de la conciencia va:
 
De lo emocional a lo mental, y de lo mental a lo físico. 

Cuando salimos del vientre de nuestra madre, somos básicamente seres emocionales. Lo único que somos capaces de hacer es emocionarnos. No disponemos de un lenguaje verbal ni de sus conceptos asociados para identificar nuestras experiencias ni para comunicarnos efectivamente con ellas. Ni disponemos de las habilidades motrices para participar físicamente en nada.
 Nuestra experiencia del mundo es simplemente la de la energía en movimiento, en moción, o emoción. Y permanecemos en este estado puramente emocional hasta que reconocemos algo.

Así pues, nuestra conciencia comienza en la esfera emocional. La entrada en el siguiente estadio del sendero de la conciencia, es decir, en la esfera mental, tiene lugar cuando aprendemos a utilizar deliberadamente nuestras emociones para conseguir un resultado concreto. Cuando sucede esto, las emociones dejan de ser un reflejo reactivo ante nuestras circunstancias, para convertirse en un medio de respuesta y, de ahí, dirigir el resultado de nuestras experiencias. Es decir, en el momento utilizamos deliberadamente el llanto o la sonrisa como un instrumento de comunicación para manipular conscientemente nuestra experiencia vital, dejamos de ser puramente emotivos, es decir, estamos participando también mentalmente en nuestra experiencia.


 La entrada en la esfera mental se concreta cuando aprendemos la primera palabra. Nuestra primera palabra es el acto de ponerle nombre a algo, y es normal que le pongamos nombre a aquello que reconocemos, simplemente porque lo reconocemos. El ser capaces de nombrar aquellos aspectos de nuestra experiencia que reconocemos demuestra que se ha abierto la puerta a la siguiente fase del sendero de la conciencia: la esfera física.
El ser capaces de reconocer y de nombrar los aspectos de nuestra experiencia se debe a que estos aspectos específicos ya no se nos muestran como energía en movimiento. En el momento le ponemos nombre a algo, es porque vemos no tanto su aspecto de energía en movimiento como su aspecto de materia sólida. Le ponemos nombre a algo porque nos «importa». El reconocimiento, y el posterior acto de nombrar algo, es la consecuencia de reconocer que lo que una vez fue energía en movimiento se ha transformado milagrosamente en lo que parece ser materia sólida, densa y estacionaria.


Una parte de ese proceso de entrada en esta experiencia del mundo se debe a que, de algún modo, nos hemos hecho adictos a «hacer todo materia». Esta adicción es la que nos permite entrar perceptivamente y tener una experiencia física aparentemente sólida de un paradigma que es en realidad luz y sonido, o lo que es lo mismo, ondas de energía luminosa, vibratoria, en movimiento.
 Para entrar en la experiencia física, tenemos que crear literalmente el efecto ilusorio de «detener el mundo». Como niños, y una vez nuestra percepción ha detenido literalmente el mundo y ha comenzado a nombrarlo, gateamos curiosamente hacia aquello que hemos nombrado para tener un encuentro personal con ello. Este movimiento hacia fuera de nuestra atención y nuestra intención, que viene disparado por la curiosidad, es lo que nos saca de la pura experiencia emocional y mental hasta el tercer estadio del sendero de la conciencia: la esfera física.

Necesitamos la curiosidad para hacer literalmente el esfuerzo de dar nuestros primeros pasos en un mundo que nos interesa (un mundo material). Y el proceder externo del mundo reconoce inconscientemente ese sendero de la conciencia, que nos lleva de lo emocional a lo mental y de lo mental a lo físico para entrar en la experiencia de este mundo.
 El reconocer el modo en que el mundo lo reconoce revela lo que denominamos como el ciclo de siete años.
 

EL CICLO DE SIETE AÑOS


La experiencia puramente emocional, que comienza para nosotros en el mismo momento en que abandonamos el útero materno, disminuye, y en muchos casos cesa su desarrollo, cuando alcanzamos la edad de siete años. A los siete años, termina oficialmente la infancia. A partir de entonces, pasamos a ser «muchachitos» y «muchachitas». Ésa es la razón por la cual comenzamos la escolarización a esta edad, porque este momento de nuestra vida marca el punto en el cual dejamos de desarrollar el cuerpo emocional, dejamos la infancia, para centrarnos más en el desarrollo del cuerpo mental.

 Desde los siete años hasta los catorce, aprendemos a desarrollar y a dominar mentalmente los fundamentos de nuestras habilidades en la trinidad de la comunicación: hablar, leer y escribir. También aprendemos a comportarnos del modo que se estima aceptable y adecuado para la sociedad en la cual hemos nacido. Estos siete años de intensa concentración en los fundamentos de nuestras habilidades mentales se reenfocan de nuevo en lo que llamamos la pubertad.

A partir de los catorce años más o menos, nuestro desarrollo mental comienza a centrarse en lo que los demás consideran que tenemos que saber para que asumamos un papel físico significativo en la sociedad. 
Este ajuste de enfoque viene marcado por un incremento en la conciencia física que tenemos del entorno y de la relación que mantenemos con él. Los cambios hormonales que tienen lugar en el organismo en torno a los catorce años de edad marcan la salida del ciclo de aclimatación y socialización mental de siete años y la entrada en nuestro tercer ciclo de siete años.

Este tercer ciclo intensifica el desarrollo de nuestra relación con el mundo físico externo y, a partir de entonces, se nos declara «adolescentes». Durante este tercer ciclo de siete años, nos hacemos conscientes de nuestro cuerpo físico y de nuestro lugar físico en el mundo, y también durante este período nos sentimos atraídos o repelidos por otros seres humanos. Es aquí donde elegimos un grupo, y también es durante este ciclo cuando se pone el énfasis en averiguar cómo vamos a asumir nuestro papel de seres humanos físicamente capaces y responsables.

La clausura de este tercer ciclo de siete años se suele reconocer con la celebración de nuestro vigésimo primer cumpleaños y con la declaración de habernos convertido en adultos jóvenes.


El primer ciclo de siete años de nuestra infancia, el ciclo emocional, es el punto causal de todas nuestras experiencias desagradables del presente.

Todas las semillas emocionales que se plantaron entonces y que no se integraron conscientemente en nuestra experiencia han hecho brotar los sistemas mentales de creencias negativos que, a su vez, se han manifestado en las condiciones o circunstancias físicas desequilibradas que experimentamos justo ahora.

Emocionalmente, no nos ocurre nada nuevo a la mayoría de las personas desde que salimos de nuestro primer ciclo de siete años. Veremos que, aunque pueda parecemos que pasamos constantemente por circunstancias y experiencias físicas novedosas, nada cambia realmente en el nivel emocional. 
Emocionalmente, estamos repitiendo cada siete años el mismo ciclo que quedó impreso en nuestro cuerpo emocional durante los primeros siete años de nuestra experiencia vital. Y cuando aprendemos a identificar la corriente emocional subterránea que impregna todas nuestras experiencias mentales y físicas, vemos con claridad que sólo parece que estemos creciendo y que estemos teniendo experiencias variadas y diferentes.

Para cuando llegamos a los catorce años de edad, nuestra atención y nuestra intención se traspasan literalmente a las circunstancias físicas de nuestra vida.
Como adultos, sólo vemos la superficie, la parte sólida de las cosas. Y debido a que el mundo físico, por su propia naturaleza, parece estar cambiando en todo momento y da la impresión de renovarse a cada momento, se genera la ilusión del_cambio constante. Pero se trata de una estratagema del mundo físico. Es la gran ilusión, el gran espejismo. En Oriente, llaman a esto maya.

El niño que hay dentro de nosotros tuvo que morir para poder hacerse aceptable como adulto. Y ahora nos toca a nosotros atravesar los barrotes de la prisión perceptiva de adultos que nos hemos creado para liberar a nuestro yo infantil de la prisión de las ilusiones.
 Si obtenemos la experiencia necesaria para rescatar nuestra inocencia, podremos entrar en un paradigma totalmente nuevo, un paradigma en el cual la inocencia y la experiencia vienen a descansar sobre los platillos de la balanza de la sabiduría. Sólo si llevamos a cabo un viaje consciente que nos introduzca en la dinámica de nuestras corrientes emocionales subterráneas podremos comprender por qué decimos una y otra vez, u oímos a otros decir: 

«No sé por qué esto siempre me pasa a mí» 

O bien: 

«¿Por qué se repite esto una y otra vez?»

Es el contenido emocional no integrado de nuestra experiencia vital el que se repite constantemente y nos lleva a manifestar un desequilibrio mental y físico.
Una vez nos percatamos de que estamos recreando inconscientemente las resonancias emocionales de nuestra infancia, hemos dado el primer paso para despertar de este sueño. Entonces, nos daremos cuenta de que es inútil entrometerse con las circunstancias físicas de nuestra vida exterior para conseguir un cambio real en la calidad de nuestras experiencias.

Las circunstancias físicas desagradables que hay en nuestra vida justo en este momento son la manifestación física de los fantasmas emocionales del pasado. Podemos perseguirlos hasta la extenuación, pero sabemos ya que todas esas acciones, todos esos movimientos y conmociones, todos esos dramas, no resuelven nada.
La razón principal de por qué las experiencias emocionales de los primeros siete años de la vida siguen sin ser digeridas es porque este mundo en el que entramos no es exclusivamente una experiencia emocional, dado que posee también potentes componentes mentales y físicos. Para integrar plenamente nuestras experiencias aquí, tenemos que ser capaces de abrazarlas emocional, mental y físicamente.
Durante el primer ciclo de siete años disponemos de unas potentes capacidades emocionales, pero nuestras capacidades mentales y físicas aún no se han desarrollado. Éste es el motivo por el cual el mundo interviene y zanja nuestro intenso desarrollo emocional en torno a los siete años de edad, porque, si no lo hace, no nos concentraremos en el desarrollo de nuestras capacidades mentales y físicas que nos permitan convertirnos en seres plenamente integrados.

En este punto del discurso, convendrá llamar nuestra atención sobre la idea de que tenemos otro ciclo basado en el siete que precede al ciclo emocional que comienza en el momento del nacimiento. Se trata del ciclo vibratorio de siete meses. Este ciclo comienza en el momento en que nuestra conciencia entra en la experiencia uterina, más o menos dos meses después de la concepción.
 El ciclo emocional de siete años, que comienza cuando nacemos en este mundo, es una repetición del patrón vibratorio impreso en nosotros durante estos siete meses en el útero.


Es necesario limpiar el cuerpo emocional para recuperar el equilibrio en la calidad de nuestra experiencia vital.
La razón principal por la que no vivenciamos en este momento la alegría, la abundancia y la salud sin esfuerzo en nuestra experiencia vital estriba en la carga emocional negativa que albergamos. Esta carga emocional negativa es una obstrucción en nuestro cuerpo emocional, una obstrucción que genera resistencia. Y, debido a que no sabemos cómo tratar con ella, nos resistimos a ella reprimiéndola de nuestra conciencia. Toda esta resistencia se va acumulando y va generando tensión, y esta tensión nos causa malestar. Para enfrentarnos a ese malestar, hemos intentado ser felices, aparentar que estamos bien y hacer dinero suficiente, intentando sentirnos bien con nuestra experiencia vital.

En tanto esta carga emocional negativa domine inconscientemente nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, la vida nos seguirá pareciendo un esfuerzo constante por satisfacer la interminable erupción de necesidades que emergen desde nuestro interior.

Bajo estas circunstancias, no es posible que haya una alegría, una abundancia y una salud reales. A diferencia de esa interminable búsqueda de la felicidad, de dinero y de un aspecto perfecto, la alegría, la abundancia y la salud verdaderas no son un medio para alcanzar un fin. De ahí que sólo se experimenten cuando estamos verdaderamente en paz con el instante en el que nos encontramos.

 La alegría, la abundancia y la salud son subproductos de la conciencia del instante presente y, al igual que nuestra presencia interior, están ya dentro de todos y cada uno de nosotros. Es nuestra atención la que se halla en cualquier otra parte.


Vivimos en una sociedad de gratificaciones instantáneas y, por otra parte, llevamos demasiado tiempo sufriendo ese malestar emocional y, hasta cierto punto, todos vivimos en una silenciosa desesperación. Afortunadamente, como bien nos ha enseñado nuestro pasado, no ha habido soluciones fáciles ni rápidas para nuestras circunstancias actuales que hayan tenido un impacto real y duradero en la calidad de nuestra experiencia vital. Hay multitud de rutas de escape, pero no hay paz en ninguna de ellas. Ésta es la fría y dura realidad del cuerpo emocional: que no hay manera de sortearlo. 

La única salida pasa por atravesarlo. 

Sólo mirando profundamente en tu interior puedes profundizar en tu relación contigo mismo.
Debido a que hemos convertido la supresión de recuerdos no deseados en una sutil forma de arte, los recuerdos inconscientes, durante un proceso terapéutico, se manifiestan  a través de nuestras circunstancias externas o en la manera de comportarse de la gente que nos rodea, experimentando el pasado que no hemos resuelto, el inconsciente proyecta lo no resuelto, para que pueda verlo en el exterior.
Aunque creamos que tuvimos una buena infancia, el hecho de haber nacido en un mundo condicional implica que todos hayamos tenido experiencias físicas, mentales o emocionales desagradables. Nuestra auténtica esencia estriba en que somos seres incondicionales y, por tanto, el paso por cualquier experiencia condicional resulta traumático en algún nivel.

Durante los siete primeros años de nuestra vida, todas y cada una de las experiencias desagradables que tuvimos a raíz de nuestra entrada en este mundo condicional quedaron impresas en nuestro cuerpo emocional y afectan a su estado.
Así pues, en nuestro cuerpo emocional es donde se guarda el registro de aquellos acontecimientos.
Cuando, durante nuestro crecimiento, llega el momento en que estamos preparados para superar las limitaciones que esas experiencias de la infancia puedan estar imponiendo aún en nuestras percepciones actuales, iniciamos un profundo viaje al interior de nuestro cuerpo emocional.

Cuando cambiamos una parte de cualquier aspecto de nuestra experiencia, cambiamos simultáneamente el estado del conjunto total.




viernes, 25 de diciembre de 2015

Cómo hacer el cambio interno? (M. Brown)


En el mundo en que vivimos actualmente, si no estamos satisfechos con la calidad de nuestra experiencia, lo más probable es que intentemos hacer cambios en nuestra vida operando sobre las circunstancias físicas externas. Esto se debe a que el aspecto físico externo de nuestra experiencia es el más tangible y el de más fácil acceso. Sin embargo, aunque podamos hacer un cambio relativamente rápido en nuestras circunstancias físicas, estos cambios no perduran, debido a que los aspectos físicos de nuestras circunstancias son siempre efectos, y no causas. Por otra parte, el cambio es una constante en la naturaleza de nuestra experiencia física, de manera que cualquier cosa que cambiemos físicamente volverá a cambiar de nuevo, inevitablemente, con el transcurso del tiempo. Podemos utilizar la fuerza para cambiar algo rápidamente en nuestro mundo físico, pero esto significa que tendremos que invertir una gran cantidad de energía para mantener el cambio en esas condiciones. Por tanto, para hacer cambios físicos y mantenerlos, con la intención de alterar la calidad de nuestra experiencia vital, vamos a tener que controlar y sedar nuestras circunstancias. Tales cambios requieren de la aplicación constante de energía para que el cambio se mantenga. Y ésta es una tarea imposible.


También podemos intentar cambiar la calidad de nuestra experiencia vital mentalmente, cambiando nuestros pensamientos acerca de las cosas. Los cursos de pensamiento positivo aspiran a lograr este objetivo. El cambiar el enfoque mental acerca de algo llevará con el tiempo a un ajuste en la calidad de la experiencia vital que estamos teniendo. Sin embargo, nos llevará más tiempo ver los efectos que los cambios mentales producen en el mundo físico que lo que precisaríamos desde un enfoque puramente físico. Los cambios dirigidos desde la mente perduran algo más, siempre y cuando no cambiemos de nuevo nuestros pensamientos. Pero nuestra capacidad para cambiar la calidad de nuestra experiencia vital a través de cambios mentales tiene un alcance y una duración ciertamente inconsistentes, porque este enfoque tiene que defender sus logros constantemente ante la naturaleza y los contenidos de nuestros procesos de pensamiento inconscientes.

En realidad, sólo sabemos lo que pasa con nuestros procesos de pensamiento inconscientes cuando observamos las circunstancias que manifestamos en nuestro campo de experiencia que resultan contradictorias con nuestros intentos de «pensar en positivo». El mero hecho de que cambiemos conscientemente nuestra manera de pensar acerca de las circunstancias no significa que vayamos automáticamente a sentirlas de otra manera. Por tanto, aun cuando un cambio consciente de nuestros pensamientos consiga eventualmente los ajustes necesarios en nuestras circunstancias físicas, hasta el punto de que realmente lleguemos a sentir de un modo diferente, por mucho control mental que apliquemos no vamos a poder alcanzar una sensación auténtica de paz.
                        


 Los sentimientos inconscientes, y los procesos de pensamiento inconscientes que aquéllos alimentan, seguirán alterando nuestra paz mental.
Una experiencia de paz no es simplemente el resultado de un pensamiento positivo, a menos que vaya subrayado por un sentimiento. Los procesos de sentimiento y de pensamiento deben armonizarse estrechamente para que podamos alcanzar el estado del ser que pretendemos. Así pues, al igual que en los intentos por hacer cambios puramente físicos, la realización de cambios puramente mentales para ajustar la calidad de nuestras experiencias no deja de ser otra cosa que jugar con los efectos, y sigue sin dirigirse a las causas.

 Afortunadamente, también disponemos de la opción de ir directamente a las raíces de nuestro malestar y de hacer ajustes causales, siempre y cuando realicemos cambios en el estado de nuestro cuerpo emocional. Éste es el enfoque más complicado, pero es el único verdaderamente efectivo y gratificante. Aunque es complicado hacer cambios en el estado de nuestro cuerpo emocional, tenemos que acercarnos a él de forma suave y regular; y, para ello, vamos a necesitar grandes dosis de compromiso y perseverancia.

Es como talar un enorme árbol. Tenemos que ir dando golpes con el hacha, uno tras otro, y habrá veces que el trabajo se nos antojará interminable. Puede dar la impresión de que no estamos consiguiendo nada. Pero luego, sin advertencia previa, oímos un crujido y, pocos segundos después, el árbol cae. Y, una vez está cayendo, ya no hay nada que lo detenga. Una vez está en el suelo, no lo podemos volver a poner en pie.

El ajuste del estado de nuestro cuerpo emocional funciona igual. Trabajamos con él de forma regular y, en ocasiones, da la impresión de que tanto trabajo no nos lleva a ninguna parte. Pero, de pronto, hay un cambio repentino y, cuando esto ocurre, ya no hay nada que lo detenga. Cuando este cambio interior ha tenido lugar, es literalmente imposible devolver el cuerpo emocional a su estado previo. Debido a la tendencia que tiene el cuerpo emocional a realizar cambios súbitos, la experiencia de cambio es potencialmente traumática, si no se realiza de forma consciente, suave y responsable. De ahí que no se recomiende zambullirse directamente en el cuerpo emocional para activar los cambios. Aquí, las palabras clave son suavidad., paciencia responsabilidad.


Los cambios en el cuerpo emocional, cuando se abordan responsablemente, se convierten en experiencias maravillosas, dado que llevan a un cambio inmediato en las percepciones; literalmente, vemos el mundo de otra manera a partir del momento en que se produce el cambio. Las consecuencias de este ajuste emocional se filtran posteriormente poco a poco, y se manifiestan en la calidad de nuestra experiencia mental y física. Y, cuando se da el cambio, es duradero, y no precisa de esfuerzos para mantenerlo. El ajuste del estado de nuestro cuerpo emocional nos abre la puerta a un nuevo mundo de experiencias sin tener que ir a ninguna parte. Es un proceso  integrador.


Te acompaño en el proceso..


Consultas Presenciales /  Consultas  por Skype



Juana Ma. Martínez Camacho
  Terapeuta Transpersonal
    (Escuela Española de Desarrollo Transpersonal)
  Especialista en Bioneuroemoción
    (Instituto Español de Bioneuroemoción)
  Facilitadora Internacional CMR (Liberación de la Memoria Celular)
    (Cellular Memory Release)

www.centroelim.org            Telf. 653-936-074







domingo, 20 de diciembre de 2015

Que hace que la información genética se exprese o no


 Conocer algo sobre tus genes y qué es lo que les indica que se expresen o no es esencial para entender por qué debes cambiar en tu interior.

La comunidad científica afirmaba que los genes eran los responsables de la mayoría de las enfermedades. Pero hace un par de décadas mencionó de manera informal que estaba en un error y anunció que el entorno, al activar o desactivar unos genes en particular, es el factor que más enfermedades causa. Ahora sabemos que menos del 5 por ciento de las enfermedades actuales proceden de trastornos monogenéticos (como la enfermedad de Tay-Sachs y la Corea de Huntington), y que alrededor del 95 por ciento de las enfermedades están relacionadas con el estilo de vida, el estrés crónico y factores tóxicos ambientales.
Pero los factores del entorno no son más que una parte del problema.

¿Por qué cuando dos personas están expuestas a las mismas condiciones tóxicas ambientales a veces una enferma o contrae una dolencia y la otra no? ¿Cómo es que alguien con un trastorno de personalidad múltiple muestra una grave alergia a alguna sustancia en una de sus personalidades y en cambio en otra es inmune al mismo antígeno o estímulo?
¿Por qué los médicos y los profesionales de la salud no están constantemente enfermos, aunque la mayoría estén expuestos a diario a agentes patógenos?
También existen numerosos estudios que revelan que gemelos idénticos (que comparten los mismos genes) han tenido experiencias muy distintas en cuanto a su salud y longevidad.
Tal vez no podamos controlar todas las condiciones del entorno exterior, pero sin duda podemos decidir controlar nuestro entorno interior.

Los genes: recuerdos del entorno del pasado

El cuerpo es una fábrica productora de proteínas. Las células musculares generan proteínas musculares llamadas actina y miosina, las células de la piel crean células epidérmicas llamadas colágeno y elastina, y las células estomacales producen proteínas estomacales llamadas enzimas. La mayoría de las células del cuerpo producen proteínas y los genes son lo que utilizan para crearlas. Expresamos unos determinados genes a través de células que producen unas proteínas en particular.

La mayor parte de organismos se adaptan a las condiciones ambientales por medio de cambios genéticos graduales. Por ejemplo, cuando un organismo se enfrenta a unas condiciones ambientales muy duras, como temperaturas extremas, depredadores peligrosos, presas rápidas, vientos destructores, corrientes fuertes u otros factores, se ve obligado a superar los aspectos adversos de su mundo para sobrevivir.
 Como los organismos almacenan todas estas experiencias en los circuitos del cerebro y en las emociones de su cuerpo, van cambiando con el paso del tiempo. Si los leones intentan cazar presas demasiado rápidas, al tener las mismas experiencias durante generaciones, desarrollan unas patas más largas, unos dientes más afilados o un corazón más grande.


 Todos estos cambios son producto de los genes fabricando proteínas que modifican el cuerpo para que se adapte al entorno.
Numerosas especies de insectos han evolucionado adquiriendo la habilidad del camuflaje. Algunos de los que viven en los árboles y las plantas se han adaptado adquiriendo el aspecto de ramitas o pinchos para que los pájaros no los detecten. El camaleón es probablemente el «camuflador» más conocido y su capacidad de cambiar de color procede de la expresión genética de las proteínas. En estos procesos, los genes almacenan las condiciones del mundo exterior..

La epigenética sugiere que indicamos a los genes que reescriban nuestro futuro.
Nuestros genes son tan cambiantes como nuestro cerebro. Recientes investigaciones genéticas revelan que distintos genes se activan en distintos momentos, que siempre están cambiando y siendo influidos. Existen genes dependientes de las experiencias que se activan cuando se da  el crecimiento, la curación o el aprendizaje, y genes dependientes de es Vetados conductuales que son influidos durante el estrés, la estimulación emocional o el sueño.

Uno de los campos más investigados en la actualidad es la epigenética  (significa literalmente «por encima de la genética»), el estudio de cómo el entorno controla la actividad genética. La epigenética contradice el modelo genético tradicional que afirmaba que el ADN controla toda la vida y que la expresión genética tiene lugar dentro de la célula.
Este antiguo conocimiento nos condenaba a un futuro predecible en el que nuestro destino estaba condicionado por la herencia genética y la vida celular estaba predeterminada.
En realidad, los cambios epigenéticos en la expresión del ADN se transmiten a las generaciones futuras. Pero ¿cómo se transmiten  si el código del ADN sigue siendo el mismo?

La epigenética nos permite pensar en el cambio con más profundidad.
El cambio de paradigma epigenético nos da la libertad de activar la actividad genética y cambiar nuestro destino genético. Los genes no se encienden ni se apagan, se activan por medio de señales químicas y ellos se expresan a sí mismos de determinadas formas creando diversas proteínas.
Sólo por el mero hecho de cambiar nuestros pensamientos, sentimientos, reacciones emocionales y conductas eligiendo, por ejemplo, un estilo de vida más sano en cuanto a la nutrición y al nivel de estrés,  ya les estamos enviando a las células nuevas señales, y éstas expresan entonces nuevas proteínas sin cambiar el plano genético. Aunque nuestro código del ADN siga siendo el mismo, en cuanto se activa una célula de una nueva forma al disponer de una nueva información, la célula puede crear miles de variaciones del mismo gen. Podemos indicarles a nuestros genes que reescriban nuestro futuro.

Al igual que algunas regiones del cerebro no cambian y otras por el contrario tienen mayor plasticidad (son susceptibles a los cambios por medio del aprendizaje y las experiencias), a los genes les pasa lo mismo.
En nuestra genética hay partes que cambian con más facilidad y otras que apenas lo hacen, lo cual significa que cuestan más de activar porque hace más tiempo que existen en nuestra historia genética. Al menos esto es lo que la ciencia afirma en la actualidad.




¿Por qué se activan unos genes en particular y otros no?
Si vivimos siempre en el mismo estado tóxico de ira, en el mismo estado melancólico de depresión, en el mismo estado vigilante de ansiedad o en el mismo estado desmoralizador de baja autoestima, estas señales químicas repetitivas de las que he hablado presionan los mismos botones genéticos que acaban activando ciertas enfermedades. Las emociones estresantes, como ya sabes, activan unos genes en concreto, desregularizando las células (desregularizar se refiere a alterar un mecanismo regulador fisiológico) y creando enfermedades.

Cuando pensamos y sentimos de la misma manera la mayor parte de nuestra vida y memorizamos los estados de siempre, nuestro estado químico interior sigue activando los mismos genes, con lo que continuamos fabricando las mismas proteínas.
Pero el cuerpo no puede adaptarse a estas repetidas demandas y empieza a fallar. Si lo hacemos durante diez o veinte años, los genes comienzan a desgastarse y fabrican proteínas «de mala calidad».
 ¿Qué significa esto?
Piensa en lo que sucede cuando envejecemos. La piel se vuelve fofa porque el colágeno y la elastina están hechos con proteínas de mala calidad.
 ¿Qué les ocurre a los músculos?
 Se atrofian. Aunque es lógico que suceda, porque la actina y la miosina también son proteínas.

Emplearé una analogía para que lo entiendas mejor. Las partes metálicas de tu coche se fabrican con una matriz o un molde. Cada vez que la matriz o el molde se utilizan, son sometidos a unas fuerzas, como el calor y la fricción, que acaban desgastándolos. Como habrás adivinado, las partes de un coche se construyen con tolerancias que dejan muy poco margen (la variación permitida en las dimensiones de una pieza).
Con el tiempo, esa matriz o ese molde se desgastan hasta el punto de producir partes que no encajan bien con otras. Al cuerpo le ocurre algo parecido. Debido al estrés o al hábito de estar siempre enojados, asustados, tristes o en otro estado emocional, el ADN y los péptidos utilizados para producir proteínas empezarán a funcionar mal.

El entorno exterior les envía químicamente señales a los genes a través de las emociones de una experiencia. Y si las experiencias de tu vida no cambian, las señales químicas que les envías a los genes tampoco lo hacen. Tus células no reciben ninguna información nueva del mundo exterior.

El modelo cuántico afirma que emocionalmente podemos enviarle señales al cuerpo y alterar una cadena de acontecimientos genéticos sin necesidad de vivir físicamente la experiencia relacionada con esta emoción.
No es necesario ganar una carrera, que nos toque la lotería o que nos asciendan para sentir las emociones producidas por estos acontecimientos.




Recuerda que puedes crear una emoción sólo con el pensamiento.
Puedes sentirte feliz o agradecido hasta tal punto que el cuerpo empieza a creer que está «viviendo» esa situación en la vida real. Por esta razón, podemos indicar a nuestros genes que fabriquen nuevas proteínas para que nuestro cuerpo cambie antes de que la situación deseada se materialice.
 Nuestras emociones pueden activar unas secuencias genéticas en particular y desactivar otras (ejemplo el experimento con diabéticos insulinodependientes que se les mostro a un grupo una película de risa y a otro grupo de experimento una conferencia aburrida, y se les midio luego y los valores de insulina variaron notablemente en los que se rieron..)

Al enviarle señales al cuerpo con una nueva emoción, los sujetos que se rieron alteraron su química interior para cambiar la expresión de sus genes.
A veces se da un cambio repentino y espectacular en la expresión genética. ¿Has oído hablar de personas a las que el cabello se les vuelve blanco de la noche a la mañana tras vivir unas condiciones de lo más estresantes? Es un ejemplo de genes actuando. Tuvieron una reacción emocional tan fuerte que la química alterada de su cuerpo activó los genes encargados de la expresión del pelo blanco y desactivó los de la expresión del color normal en cuestión de horas. Enviaron unas señales a nuevos genes de nuevas formas al alterar, primero emocionalmente y luego químicamente, su mundo interior.

¿Puedes elegir una posibilidad del campo cuántico (a propósito, ya existen todas las posibilidades en él) y sentir emocionalmente una situación futura antes de que se materialice? ¿Puedes hacerlo tantas veces que adiestres emocionalmente a tu cuerpo con una nueva mente, enviando señales a nuevos genes de una nueva forma? Si lo logras, es muy probable que empieces a conformar y moldear tu cerebro y tu cuerpo en una nueva expresión... para que cambien físicamente antes de que la posible realidad deseada se manifieste.

Cambia tu cuerpo sin mover un dedo Si podemos cambiar el cerebro con nuestros pensamientos, ¿qué efectos tendrá sobre el cuerpo, si es que tiene alguno? Mediante el simple proceso de repetir mentalmente una actividad, podemos obtener grandes beneficios sin mover un dedo.


Cuando el cuerpo cambia física/biológicamente como si la experiencia hubiera sucedido, aunque sólo la hayamos realizado con el pensamiento o el esfuerzo mental, desde una perspectiva cuántica demuestra que la situación ya ha ocurrido en nuestra realidad. Si el cerebro actualiza su configuración como si la experiencia ya hubiera sucedido físicamente, y el cuerpo cambia genética o biológicamente (demuestra que ya  ha ocurrido), y ambos cambian sin «hacer» nosotros nada en las tres dimensiones, en este caso significa que la situación ha ocurrido tanto en el mundo cuántico de la conciencia como en el mundo de la realidad física.
Cuando visualizas mentalmente una realidad futura deseada una y otra vez hasta que el cerebro cambia físicamente como si ya la hubiera vivido, y la sientes emocionalmente tantas veces que el cuerpo cambia como si ya la hubiera experimentado, no te detengas... ¡porque es cuando la situación te encuentra! Y llega del modo más inesperado, lo cual te demuestra que ha surgido de tu relación con una conciencia superior, y este descubrimiento te inspira a hacerlo una y otra vez.

En el presente es donde existen simultáneamente todas las posibilidades en el campo cuántico. Cuando estamos presentes, vivimos «el momento», podemos ir más allá del espacio y el tiempo, y hacer realidad cualquiera de estas posibilidades.
Pero cuando vivimos en el pasado, no existe ninguna de estas nuevas posibilidades.
Has aprendido que cuando los seres humanos intentamos cambiar reaccionamos como adictos, porque nos volvemos adictos a nuestros estados químicos del ser habituales. Cuando tienes una adicción es casi como si el cuerpo poseyera una mente propia. A medida que las situaciones del pasado provocan la misma respuesta química que la del episodio original, tu cuerpo cree estar reviviéndolo. Y en cuanto lo adiestras con este proceso a ser la mente subconsciente, el cuerpo es el que lleva la batuta, se convierte en la mente y, por lo tanto, puede, en cierto sentido, pensar.


El cuerpo se convierte en la mente por medio del ciclo de pensar y sentir, y sentir y pensar. Pero con los recuerdos del pasado también ocurre lo mismo.

El proceso es el siguiente: vivimos una experiencia con una carga emocional. Después tenemos un pensamiento sobre este episodio. El pensamiento se convierte a su vez en un recuerdo que reproduce de forma  refleja la emoción de la experiencia. Si seguimos pensando en aquel recuerdo de manera repetida, el pensamiento, el recuerdo y la emoción acaban fusionándose en una sola cosa y «memorizamos» la emoción.


Ahora vivir en el pasado ya es un proceso más subconsciente que consciente.
El subconsciente se ocupa de la mayoría de procesos físicos y mentales que tienen lugar mecánicamente. La mayor parte de esta actividad sirve para que el cuerpo siga funcionando. Los científicos se refieren a este sistema regulador como el sistema nervioso autónomo. No necesitamos pensar en respirar, en hacer que el corazón siga latiendo, en subir o bajar la temperatura corporal ni en ninguno de los otros millones de procesos que ayudan al cuerpo a mantener el orden y a curarse.

Es evidente lo peligroso que puede ser ceder a este sistema automático el control de las respuestas emocionales diarias desencadenadas por nuestros recuerdos y el entorno. Esta serie subconsciente de respuestas rutinarias se han comparado de formas muy diversas con un piloto automático y con los programas automáticos de un ordenador.
Estas analogías intentan mostrarnos que bajo la mente consciente hay algo que controla nuestra conducta.

Piensa en Pavlov y sus perros. En la última década del siglo xIx un joven científico ruso ató varios perros a una mesa, tocó una campanilla y luego les dio una sabrosa comida. Con el tiempo, después de ser puestos muchas veces al mismo estímulo, los perros se ponían a salivar al oír la campanilla.
Es la llamada respuesta condicionada y este proceso es automático.

¿Por qué? Porque el cuerpo empieza a responder de manera autónoma (piensa en el sistema nervioso autónomo). La cascada de reacciones químicas desencadenadas en cuestión de milisegundos cambia el cuerpo fisiológicamente, y ello ocurre a nivel subconsciente sin que apenas nos demos cuenta o de manera automática.
Es una de las razones por las que nos cuesta tanto cambiar. Aunque  creamos vivir en el presente, el cuerpo-mente subconsciente está viviendo  en el pasado. Si esperamos que suceda en el futuro una situación previsible basándonos en un recuerdo del pasado, estamos viviendo como  esos canes. Una experiencia vivida con alguien o algo en particular en un determinado momento y lugar nos hace responder fisiológicamente de manera automática (o autónoma).
En cuanto abandonamos las adicciones emocionales procedentes del pasado, ya no habrá nada que active los programas automáticos del antiguo yo.
Así pues, es lógico que aunque «pensemos» o «creamos» vivir en el presente lo más probable es que nuestro cuerpo esté viviendo en el  pasado.

Por desgracia, para la mayoría de las personas, como el cerebro funciona mediante la repetición y la asociación de ideas, no es necesario vivir un gran trauma para que el cuerpo se convierta en la mente. Los desencadenantes más pequeños pueden producirnos respuestas emocionales que nos parecen incontrolables.


Un estado de ánimo es un estado químico del ser, por lo general de corta duración, la expresión de una prolongada reacción emocional.
Algo en tu entorno desencadena una respuesta emocional. Como las sustancias químicas de esta emoción no se usan al instante, sus efectos duran un rato. Se llama periodo refractario, es el tiempo que abarca desde el inicio de la liberación de estas sustancias hasta que el efecto disminuye. Cuanto más dure el periodo refractario, más se experimentan esos sentimientos. Cuando el periodo químico refractario de una reacción emocional dura horas o días, es ya un estado de ánimo.

¿Qué ocurre si este estado de ánimo persiste? A partir de aquel día no has estado de demasiado buen humor y ahora durante la reunión de trabajo, al echar un vistazo a tu alrededor, lo único que se te ocurre es que alguien lleva una corbata horrenda y que el tono nasal de tu jefe es peor que el chirrido de unas uñas arañando una pizarra.
Cuando llegas a este punto, ya no es sólo un estado de ánimo, sino que estás reflejando un temperamento, la tendencia a expresar de forma habitual una emoción a través de determinadas conductas. Un temperamento  es una reacción emocional con un periodo refractario que dura de semanas a meses.
Pero cuando el periodo refractario de una emoción dura meses y años, esta tendencia se transforma en un rasgo de personalidad. En este punto los demás te describen como un «amargado», «resentido», «iracundo » o «criticón».
Los rasgos de nuestra personalidad suelen basarse en emociones pasadas.
La mayoría de las veces la personalidad (cómo pensamos, actuamos y sentimos) está anclada en el pasado. Por eso, para poder cambiar nuestra personalidad, debemos cambiar las emociones memorizadas.

Hay otra cosa que nos impide cambiar. Quizá también estemos acostumbrando al cuerpo a ser la mente para vivir un futuro previsible, basado en el recuerdo de un pasado conocido, con lo que nos perdemos el precioso «ahora».
Como ya sabes, podemos acostumbrar al cuerpo a vivir en el futuro.
Aunque, claro está, esto puede servirnos para mejorar nuestra vida, como cuando nos concentramos en una nueva experiencia, si nos concentramos en una situación futura deseada y planeamos cómo nos prepararemos o comportaremos, llega un momento en que vemos ese posible futuro con tanta claridad y concreción que nuestro pensamiento empieza a transformarse en la experiencia. En cuanto el pensamiento se convierte en la experiencia, genera una emoción.

Cuando empezamos a sentir la emoción de una situación antes de que ésta se materialice, el cuerpo (como mente inconsciente) comienza a responder como si la situación ya estuviera sucediendo.
Pero ¿qué ocurre si empezamos a anticipar una experiencia futura no deseada o incluso nos obsesionamos con el peor de los escenarios, basándonos en un recuerdo del pasado? Seguimos programando el cuerpo para que experimente una situación futura antes de que ésta ocurra.
Ahora el cuerpo ya no vive en el presente o en el pasado, sino en el futuro, pero en un futuro basado en alguna construcción del pasado.

Cuando esto ocurre, el cuerpo no sabe distinguir la situación real de la imaginada. Como creemos que lo más probable es que esa situación imaginada nos pase en la vida, el cuerpo se prepara para ella. Y empieza a vivirla de una forma muy real.
En lugar de obsesionarte con una situación traumática o estresante que temes vivir en el futuro, basándote en tu experiencia del pasado, céntrate en  una nueva experiencia deseada que aún no hayas sentido emocionalmente. Permítete vivir ahora en ese posible nuevo futuro, hasta el extremo que tu cuerpo acepte o crea estar sintiendo las elevadas emociones que la situación te producirá en el presente.
                Joe Dispenza

Los sentimientos memorizados nos obligan a recrear el pasado


 Por definición, las emociones son producto de nuestras experiencias del pasado en la vida.
Cuando estás experimentando algo, el cerebro recibe una información vital del mundo exterior a través de cinco vías sensoriales (vista, olfato, oído, sabor y tacto). Cuando esta información sensorial acumulada llega al cerebro y es procesada, se crean redes neurales con una estructura en particular que reflejan el evento del exterior. En cuanto estas células nerviosas se conectan, el cerebro libera unas sustancias químicas.
Estas sustancias químicas las denominamos una «emoción» o un sentimiento.
Cuando estas emociones te inundan el cuerpo de sustancias químicas, detectas un cambio en tu estado interior (estás pensando y sintiendo de distinta manera que momentos antes). Cuando adviertes este cambio en tu estado interior, te fijas en quién o qué lo ha causado del mundo exterior. Cuando te identificas con aquello del mundo exterior que ha causado el cambio interior, esto se denomina recuerdo.
Neurológica y químicamente registras esta información del exterior en el cerebro y en el cuerpo. De este modo te acuerdas de la experiencia mejor, porque recuerdas cómo te sentiste cuando sucedió, los sentimientos y las emociones son un registro químico de las experiencias pasadas.

Por ejemplo, estás esperando a tu jefe para presentarle el informe de tu rendimiento en la empresa. Cuando llega ves que tiene la cara colorada y que está incluso irritado. Mientras te habla gritando, adviertes que el aliento le huele a ajo. Te acusa de haber cuestionado su autoridad delante de otros empleados y te espeta que no te ascenderá. En este momento te pones nervioso, te tiemblan las rodillas y te sientes mareado. El corazón te martillea en el pecho. Te sientes asustado, traicionado y furioso. Todo este cúmulo de información sensorial —todo cuanto estás oliendo, viendo, sintiendo y oyendo— cambia tu estado interior.
Asocias esta experiencia exterior con el cambio de cómo te estás sintiendo en tu interior y esto te marca emocionalmente.

Al regresar a casa, vuelves a recordar la experiencia. Cada vez que lo haces, te acuerdas de la mirada acusadora e intimidante de tu jefe, de sus gritos, de lo que te dijo e incluso del olor que despedía. Vuelves a sentirte asustado y enojado, produces la misma química en el cerebro y el cuerpo como si estuvieras aún presentándole el informe. Como tu cuerpo cree estar viviendo la misma experiencia una y otra vez, lo condicionas a vivir en el pasado.

Analicemos esta situación un poco más. Considera tu cuerpo como la mente inconsciente o como un sirviente objetivo que sigue las órdenes de tu conciencia. Es tan objetivo que no distingue las emociones provocadas por las experiencias del mundo exterior de las generadas por tus pensamientos en tu mundo interior. Para el cuerpo son lo mismo.
¿Qué ocurre si este ciclo mental y emocional de pensar y sentir de haber sido traicionado sigue dándose durante años? Si sigues aferrándote a esta experiencia con tu jefe o reviviendo esos sentimientos día tras día, le estás enviando continuamente unas señales a tu cuerpo por medio de las sustancias químicas de unos sentimientos que relaciona con el pasado. Como esta continuidad química le hace creer al cuerpo que sigue experimentando el pasado, continúa reviviendo la misma experiencia emocional.


 Cuando tus pensamientos y sentimientos memorizados obligan constantemente al cuerpo a «vivir» en el pasado, se puede decir que el cuerpo se convierte en el recuerdo del pasado.
Si estos sentimientos memorizados de traición han estado dirigiendo tus pensamientos durante años, tu cuerpo ha estado viviendo en el pasado las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, cincuenta y dos semanas al año. Hasta que con el paso del tiempo tu cuerpo se queda anclado en el pasado.

Cuando re-creas repetidamente las mismas emociones de siempre hasta no poder pensar más allá de lo que sientes, tus sentimientos se convierten en los medios de tus pensamientos. Y como tus sentimientos  son un registro de experiencias vividas, estás pensando en el pasado. Y según la ley cuántica, sigues creando más pasado.

En pocas palabras: la mayoría de las personas vivimos en el pasado y nos resistimos a vivir en un nuevo futuro. ¿Por qué? Porque el cuerpo está tan acostumbrado a memorizar los registros químicos de las experiencias pasadas que se acaba apegando a esas emociones. En un sentido muy real, nos volvemos adictos a los sentimientos de siempre.
Y cuando queremos mirar hacia el futuro y soñar con nuevas vistas y con bravos paisajes en una realidad no demasiado lejana, el cuerpo, cuya moneda de cambio son los sentimientos, se resiste a cambiar de pronto de dirección.

Los sentimientos y las emociones no son en sí malos. Son producto de las experiencias. Pero si estamos siempre reviviendo los mismos de siempre, no viviremos ninguna experiencia nueva.
                Joe Dispenza