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martes, 29 de diciembre de 2015

El sendero de la conciencia- El ciclo de los 7 años (M.Brown)


El sendero de la conciencia es muy fácil de identificar cuando se observa el desarrollo normal de un niño recién nacido. Aunque nuestros cuerpos emocional, mental y físico son ya evidentes y se desarrollan simultáneamente junto con cada uno de los demás desde el momento del nacimiento, existe un sendero específico que utiliza nuestra conciencia individual para moverse conscientemente dentro de ellos. En primer lugar, el niño llora (emocional); luego, aprende a hablar (mental), y sólo entonces aprende a caminar (físico). Así pues, el sendero de la conciencia va:
 
De lo emocional a lo mental, y de lo mental a lo físico. 

Cuando salimos del vientre de nuestra madre, somos básicamente seres emocionales. Lo único que somos capaces de hacer es emocionarnos. No disponemos de un lenguaje verbal ni de sus conceptos asociados para identificar nuestras experiencias ni para comunicarnos efectivamente con ellas. Ni disponemos de las habilidades motrices para participar físicamente en nada.
 Nuestra experiencia del mundo es simplemente la de la energía en movimiento, en moción, o emoción. Y permanecemos en este estado puramente emocional hasta que reconocemos algo.

Así pues, nuestra conciencia comienza en la esfera emocional. La entrada en el siguiente estadio del sendero de la conciencia, es decir, en la esfera mental, tiene lugar cuando aprendemos a utilizar deliberadamente nuestras emociones para conseguir un resultado concreto. Cuando sucede esto, las emociones dejan de ser un reflejo reactivo ante nuestras circunstancias, para convertirse en un medio de respuesta y, de ahí, dirigir el resultado de nuestras experiencias. Es decir, en el momento utilizamos deliberadamente el llanto o la sonrisa como un instrumento de comunicación para manipular conscientemente nuestra experiencia vital, dejamos de ser puramente emotivos, es decir, estamos participando también mentalmente en nuestra experiencia.


 La entrada en la esfera mental se concreta cuando aprendemos la primera palabra. Nuestra primera palabra es el acto de ponerle nombre a algo, y es normal que le pongamos nombre a aquello que reconocemos, simplemente porque lo reconocemos. El ser capaces de nombrar aquellos aspectos de nuestra experiencia que reconocemos demuestra que se ha abierto la puerta a la siguiente fase del sendero de la conciencia: la esfera física.
El ser capaces de reconocer y de nombrar los aspectos de nuestra experiencia se debe a que estos aspectos específicos ya no se nos muestran como energía en movimiento. En el momento le ponemos nombre a algo, es porque vemos no tanto su aspecto de energía en movimiento como su aspecto de materia sólida. Le ponemos nombre a algo porque nos «importa». El reconocimiento, y el posterior acto de nombrar algo, es la consecuencia de reconocer que lo que una vez fue energía en movimiento se ha transformado milagrosamente en lo que parece ser materia sólida, densa y estacionaria.


Una parte de ese proceso de entrada en esta experiencia del mundo se debe a que, de algún modo, nos hemos hecho adictos a «hacer todo materia». Esta adicción es la que nos permite entrar perceptivamente y tener una experiencia física aparentemente sólida de un paradigma que es en realidad luz y sonido, o lo que es lo mismo, ondas de energía luminosa, vibratoria, en movimiento.
 Para entrar en la experiencia física, tenemos que crear literalmente el efecto ilusorio de «detener el mundo». Como niños, y una vez nuestra percepción ha detenido literalmente el mundo y ha comenzado a nombrarlo, gateamos curiosamente hacia aquello que hemos nombrado para tener un encuentro personal con ello. Este movimiento hacia fuera de nuestra atención y nuestra intención, que viene disparado por la curiosidad, es lo que nos saca de la pura experiencia emocional y mental hasta el tercer estadio del sendero de la conciencia: la esfera física.

Necesitamos la curiosidad para hacer literalmente el esfuerzo de dar nuestros primeros pasos en un mundo que nos interesa (un mundo material). Y el proceder externo del mundo reconoce inconscientemente ese sendero de la conciencia, que nos lleva de lo emocional a lo mental y de lo mental a lo físico para entrar en la experiencia de este mundo.
 El reconocer el modo en que el mundo lo reconoce revela lo que denominamos como el ciclo de siete años.
 

EL CICLO DE SIETE AÑOS


La experiencia puramente emocional, que comienza para nosotros en el mismo momento en que abandonamos el útero materno, disminuye, y en muchos casos cesa su desarrollo, cuando alcanzamos la edad de siete años. A los siete años, termina oficialmente la infancia. A partir de entonces, pasamos a ser «muchachitos» y «muchachitas». Ésa es la razón por la cual comenzamos la escolarización a esta edad, porque este momento de nuestra vida marca el punto en el cual dejamos de desarrollar el cuerpo emocional, dejamos la infancia, para centrarnos más en el desarrollo del cuerpo mental.

 Desde los siete años hasta los catorce, aprendemos a desarrollar y a dominar mentalmente los fundamentos de nuestras habilidades en la trinidad de la comunicación: hablar, leer y escribir. También aprendemos a comportarnos del modo que se estima aceptable y adecuado para la sociedad en la cual hemos nacido. Estos siete años de intensa concentración en los fundamentos de nuestras habilidades mentales se reenfocan de nuevo en lo que llamamos la pubertad.

A partir de los catorce años más o menos, nuestro desarrollo mental comienza a centrarse en lo que los demás consideran que tenemos que saber para que asumamos un papel físico significativo en la sociedad. 
Este ajuste de enfoque viene marcado por un incremento en la conciencia física que tenemos del entorno y de la relación que mantenemos con él. Los cambios hormonales que tienen lugar en el organismo en torno a los catorce años de edad marcan la salida del ciclo de aclimatación y socialización mental de siete años y la entrada en nuestro tercer ciclo de siete años.

Este tercer ciclo intensifica el desarrollo de nuestra relación con el mundo físico externo y, a partir de entonces, se nos declara «adolescentes». Durante este tercer ciclo de siete años, nos hacemos conscientes de nuestro cuerpo físico y de nuestro lugar físico en el mundo, y también durante este período nos sentimos atraídos o repelidos por otros seres humanos. Es aquí donde elegimos un grupo, y también es durante este ciclo cuando se pone el énfasis en averiguar cómo vamos a asumir nuestro papel de seres humanos físicamente capaces y responsables.

La clausura de este tercer ciclo de siete años se suele reconocer con la celebración de nuestro vigésimo primer cumpleaños y con la declaración de habernos convertido en adultos jóvenes.


El primer ciclo de siete años de nuestra infancia, el ciclo emocional, es el punto causal de todas nuestras experiencias desagradables del presente.

Todas las semillas emocionales que se plantaron entonces y que no se integraron conscientemente en nuestra experiencia han hecho brotar los sistemas mentales de creencias negativos que, a su vez, se han manifestado en las condiciones o circunstancias físicas desequilibradas que experimentamos justo ahora.

Emocionalmente, no nos ocurre nada nuevo a la mayoría de las personas desde que salimos de nuestro primer ciclo de siete años. Veremos que, aunque pueda parecemos que pasamos constantemente por circunstancias y experiencias físicas novedosas, nada cambia realmente en el nivel emocional. 
Emocionalmente, estamos repitiendo cada siete años el mismo ciclo que quedó impreso en nuestro cuerpo emocional durante los primeros siete años de nuestra experiencia vital. Y cuando aprendemos a identificar la corriente emocional subterránea que impregna todas nuestras experiencias mentales y físicas, vemos con claridad que sólo parece que estemos creciendo y que estemos teniendo experiencias variadas y diferentes.

Para cuando llegamos a los catorce años de edad, nuestra atención y nuestra intención se traspasan literalmente a las circunstancias físicas de nuestra vida.
Como adultos, sólo vemos la superficie, la parte sólida de las cosas. Y debido a que el mundo físico, por su propia naturaleza, parece estar cambiando en todo momento y da la impresión de renovarse a cada momento, se genera la ilusión del_cambio constante. Pero se trata de una estratagema del mundo físico. Es la gran ilusión, el gran espejismo. En Oriente, llaman a esto maya.

El niño que hay dentro de nosotros tuvo que morir para poder hacerse aceptable como adulto. Y ahora nos toca a nosotros atravesar los barrotes de la prisión perceptiva de adultos que nos hemos creado para liberar a nuestro yo infantil de la prisión de las ilusiones.
 Si obtenemos la experiencia necesaria para rescatar nuestra inocencia, podremos entrar en un paradigma totalmente nuevo, un paradigma en el cual la inocencia y la experiencia vienen a descansar sobre los platillos de la balanza de la sabiduría. Sólo si llevamos a cabo un viaje consciente que nos introduzca en la dinámica de nuestras corrientes emocionales subterráneas podremos comprender por qué decimos una y otra vez, u oímos a otros decir: 

«No sé por qué esto siempre me pasa a mí» 

O bien: 

«¿Por qué se repite esto una y otra vez?»

Es el contenido emocional no integrado de nuestra experiencia vital el que se repite constantemente y nos lleva a manifestar un desequilibrio mental y físico.
Una vez nos percatamos de que estamos recreando inconscientemente las resonancias emocionales de nuestra infancia, hemos dado el primer paso para despertar de este sueño. Entonces, nos daremos cuenta de que es inútil entrometerse con las circunstancias físicas de nuestra vida exterior para conseguir un cambio real en la calidad de nuestras experiencias.

Las circunstancias físicas desagradables que hay en nuestra vida justo en este momento son la manifestación física de los fantasmas emocionales del pasado. Podemos perseguirlos hasta la extenuación, pero sabemos ya que todas esas acciones, todos esos movimientos y conmociones, todos esos dramas, no resuelven nada.
La razón principal de por qué las experiencias emocionales de los primeros siete años de la vida siguen sin ser digeridas es porque este mundo en el que entramos no es exclusivamente una experiencia emocional, dado que posee también potentes componentes mentales y físicos. Para integrar plenamente nuestras experiencias aquí, tenemos que ser capaces de abrazarlas emocional, mental y físicamente.
Durante el primer ciclo de siete años disponemos de unas potentes capacidades emocionales, pero nuestras capacidades mentales y físicas aún no se han desarrollado. Éste es el motivo por el cual el mundo interviene y zanja nuestro intenso desarrollo emocional en torno a los siete años de edad, porque, si no lo hace, no nos concentraremos en el desarrollo de nuestras capacidades mentales y físicas que nos permitan convertirnos en seres plenamente integrados.

En este punto del discurso, convendrá llamar nuestra atención sobre la idea de que tenemos otro ciclo basado en el siete que precede al ciclo emocional que comienza en el momento del nacimiento. Se trata del ciclo vibratorio de siete meses. Este ciclo comienza en el momento en que nuestra conciencia entra en la experiencia uterina, más o menos dos meses después de la concepción.
 El ciclo emocional de siete años, que comienza cuando nacemos en este mundo, es una repetición del patrón vibratorio impreso en nosotros durante estos siete meses en el útero.


Es necesario limpiar el cuerpo emocional para recuperar el equilibrio en la calidad de nuestra experiencia vital.
La razón principal por la que no vivenciamos en este momento la alegría, la abundancia y la salud sin esfuerzo en nuestra experiencia vital estriba en la carga emocional negativa que albergamos. Esta carga emocional negativa es una obstrucción en nuestro cuerpo emocional, una obstrucción que genera resistencia. Y, debido a que no sabemos cómo tratar con ella, nos resistimos a ella reprimiéndola de nuestra conciencia. Toda esta resistencia se va acumulando y va generando tensión, y esta tensión nos causa malestar. Para enfrentarnos a ese malestar, hemos intentado ser felices, aparentar que estamos bien y hacer dinero suficiente, intentando sentirnos bien con nuestra experiencia vital.

En tanto esta carga emocional negativa domine inconscientemente nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, la vida nos seguirá pareciendo un esfuerzo constante por satisfacer la interminable erupción de necesidades que emergen desde nuestro interior.

Bajo estas circunstancias, no es posible que haya una alegría, una abundancia y una salud reales. A diferencia de esa interminable búsqueda de la felicidad, de dinero y de un aspecto perfecto, la alegría, la abundancia y la salud verdaderas no son un medio para alcanzar un fin. De ahí que sólo se experimenten cuando estamos verdaderamente en paz con el instante en el que nos encontramos.

 La alegría, la abundancia y la salud son subproductos de la conciencia del instante presente y, al igual que nuestra presencia interior, están ya dentro de todos y cada uno de nosotros. Es nuestra atención la que se halla en cualquier otra parte.


Vivimos en una sociedad de gratificaciones instantáneas y, por otra parte, llevamos demasiado tiempo sufriendo ese malestar emocional y, hasta cierto punto, todos vivimos en una silenciosa desesperación. Afortunadamente, como bien nos ha enseñado nuestro pasado, no ha habido soluciones fáciles ni rápidas para nuestras circunstancias actuales que hayan tenido un impacto real y duradero en la calidad de nuestra experiencia vital. Hay multitud de rutas de escape, pero no hay paz en ninguna de ellas. Ésta es la fría y dura realidad del cuerpo emocional: que no hay manera de sortearlo. 

La única salida pasa por atravesarlo. 

Sólo mirando profundamente en tu interior puedes profundizar en tu relación contigo mismo.
Debido a que hemos convertido la supresión de recuerdos no deseados en una sutil forma de arte, los recuerdos inconscientes, durante un proceso terapéutico, se manifiestan  a través de nuestras circunstancias externas o en la manera de comportarse de la gente que nos rodea, experimentando el pasado que no hemos resuelto, el inconsciente proyecta lo no resuelto, para que pueda verlo en el exterior.
Aunque creamos que tuvimos una buena infancia, el hecho de haber nacido en un mundo condicional implica que todos hayamos tenido experiencias físicas, mentales o emocionales desagradables. Nuestra auténtica esencia estriba en que somos seres incondicionales y, por tanto, el paso por cualquier experiencia condicional resulta traumático en algún nivel.

Durante los siete primeros años de nuestra vida, todas y cada una de las experiencias desagradables que tuvimos a raíz de nuestra entrada en este mundo condicional quedaron impresas en nuestro cuerpo emocional y afectan a su estado.
Así pues, en nuestro cuerpo emocional es donde se guarda el registro de aquellos acontecimientos.
Cuando, durante nuestro crecimiento, llega el momento en que estamos preparados para superar las limitaciones que esas experiencias de la infancia puedan estar imponiendo aún en nuestras percepciones actuales, iniciamos un profundo viaje al interior de nuestro cuerpo emocional.

Cuando cambiamos una parte de cualquier aspecto de nuestra experiencia, cambiamos simultáneamente el estado del conjunto total.




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